POEMAS- CUENTOS - RELATOS - BIOGRAFÍAS - CANCIONES - VIDEOS - GRANDES AUTORES - POETAS -

"Queremos que cada palabra ilumine tu rostro, roce tu alma, te eleves y echemos juntos a volar"




ROZANDO EL ALMA: GRUPO CASIOPEA LITERARIO


sábado, 10 de octubre de 2009

OLIVERIO GIRONDO (biografíco)

Reseña biográfica

Poeta argentino nacido en Buenos Aires en 1891, en el seno de una familia adinerada que le procuró una esmerada educación en importantes centros educativos europeos
Termina sus estudios juveniles de regreso a Buenos Aires y principia su actividad literaria. Comienza la carrera de Derecho y acuerda con sus padres no abandonar la carrera si consienten financiarle visitas periódicas a Europa en período vacacional. De esta manera, se hacen más frecuentes los viajes a Europa y en ellos entabla relaciones literarias y amistosas con poetas y artistas del continente europeo, que le introducen en los diversos círculos de las nuevas corrientes estéticas.

Publicó en 1922 su primer libro de poemas, «Veinte poemas para ser leídos en el tranvía», seguidos luego por «Calcomanías» en 1925, «Espantapájaros» en 1932, «Persuasión de los días» en 1942, «Campo nuestro» en 1946 y «En la masmédula» en 1954, obra que constituye en su trabajo más audaz en el campo de la poesía.
En 1943, después de una duradera relación, Oliverio Girondo y Norah Lange deciden contraer matrimonio
Al iniciarse la década de los años cincuenta, guiado por su interés en las artes plásticas, incursionó en la pintura con una marcada tendencia surrealista, gracias a su profundo conocimiento de la pintura francesa.
En 1961 sufrió un grave accidente que le disminuyó sus condiciones físicas. En 1965 viajó por última vez a Europa y a su regreso a Buenos Aires, falleció en 1967. ©

viernes, 9 de octubre de 2009

JUNTAS POR SIEMPRE por PATRICIA TORRES


Juntas por siempre

Resueltas a darle fin a un eterno conflicto, se encontraron en un lugar deshabitado, lejos de todo y de todos. Una con su humildad característica, la otra, con su inagotable soberbia.
Como siempre, su llegada fue puntual, se sentó en una roca y se dispuso a disfrutar del tibio sol que reinaba en ese momento, mientras sus pensamientos se ordenaban lentamente. Cuando ya estaba cansada de esperar, desde lejos, la vio venir, con un despliegue que era usual en ella. El viento se arremolinaba a su paso, levantando gran cantidad de polvo, haciendo girar cardones y opacando cuanto estaba a su alcance.
Se colocaron una frente a la otra, se dispusieron a comenzar la más cruel y sangrienta batalla que jamás se hubiera librado sobre esta tierra. Eran una vez más, y como siempre, la fuerza del bien y la fuerza del mal, preparadas para ver quien saldría triunfante.
El bien, con la amabilidad de la que siempre hacía alarde y sin intención de tomar ventajas, dio a elegir al mal, las armas con las que lucharían. El mal, sabiéndose ganador desde un principio y sin darle importancia a los pequeños detalles de la cuestión, invadido por la impaciencia que hacía que los pensamientos se mantuvieran aletargados o colocados en un segundo plano, se dejó influenciar por el apuro y eligió a la palabra como el arma que se usaría para atacar y defenderse en esta lucha.
Por supuesto, había tenido en cuenta que ella producía las heridas más profundas, difíciles de cicatrizar y que a veces podían ser mortales para el bien, que por haber sido el primero en llegar al lugar, tuvo derecho a la frase inicial. Como es de imaginar, intentó que fuese para convencer al mal a desistir de semejante despliegue y evitar que alguien fuese lastimado, algo que al mal tenía sin cuidado ya que encerrado en su egoísmo no podía medir las consecuencias.
En ese intercambio constante e infructuoso, comenzaron una pelea casi interminable. El bien sangraba por todas partes y el mal estaba bastante golpeado, el cansancio que había acudido en su ayuda, se estaba apoderando de él, además, como no tenía convicciones demasiado arraigadas y era presa de esta situación que le provocaba un gran aburrimiento, resolvió hacer un trato que obviamente, lo beneficiaría.
El bien, que si bien era humilde se sabía indispensable, aceptó, porque consideró que sin él, la humanidad estaría perdida.
Pactaron seguir como hasta en ese entonces, librando pequeñas luchas diarias en los seres humanos y dejando al libre albedrío de cada uno la elección, sabiendo ambos, ya que a ninguno le faltaba inteligencia, que se lograría un predominio de uno de los dos en cada ser; lo absoluto, en este campo jamás podría existir, porque detrás de cada ser malo, la bondad estaría para convencerlo de lo contrario y detrás de cada ser bueno, la maldad intentaría ejercer su influencia.
Lo más triste de todo, fue que dejaron a la palabra como el arma más potente que podría seguir usándose, eligiendo, algunos, emplearla como un emblema de destrucción infalible, a pesar que otros, supieron ser creativos y formar con ella frases donde el alma encontrase un real regocijo, acto que al bien lo autorizaría a embanderar su triunfo, aunque hasta lo más hermoso, podría ser fuente de malos entendidos, motivo por el cual, el mal se permitiría por todos los tiempos esbozar la más siniestra de las sonrisas.
(Publicado en el libro Rozando el alma)

miércoles, 7 de octubre de 2009

EL TIEMPO por GRACIELA ZECCA

EL TIEMPO

La arena se desliza presurosa,
a llegar a su meta transitoria,
quizás, una mano guardiana del tiempo
revierta su final,
para volver a retomar el camino.

Una y otra vez minúsculas partículas
viajan incansables a través del fino cristal.
Una y otra vez se suceden
como hormigas laboriosas buscando su guarida,
acumulando

Y así como se desgrana el polvo
en la inmensidad del vacío,
los segundos, los minutos, las horas,
marcan la culminación del día,
arremetiendo la noche,
cual espina en la piel,
pariendo soledades.
Una y otra vez lo cansino,
girando como ruleta de feria,
desteñida, sombría…

Soledades que no se menguan,
y sucumben ante fluidos de otros cuerpos,
alientos y suspiros que llenan el aire,
pieles fundiéndose,
bocas devorándose.
Y el tiempo, ahí detenido,
…solo siete minutos,
en que la arena,
se durmió en el camino.

Graciela Zecca
(Publicado en el libro Rozando el Alma)

martes, 6 de octubre de 2009

UN SUEÑO DE PLATA por MABEL DÌAZ

Un sueño de plata

Un brillante y poderoso ejército, protegía a la Luna, eran las estrellas vigías, sus filosas puntas de cristal se rozaban en forma constante y en cada uno de sus recorridos sembraban la fría sensación del fragor de la guerra, intimidando a los habitantes del cielo.
A pesar de poseer tan magnífica protección, el reinado de la soberana no era absoluto, tenía un rival, el sol, de quien se decía era más fuerte, porque nadie lo respaldaba y se adueñaba del día, enviando a dormir a la luna junto a su séquito de estrellas.
Era una guerra tenaz, silenciosa entre dos reyes de ego muy alto, lo demostraban en sus atuendos, uno cubierto de oro el otro en plata. Destellaban en sus reinados, nada los superaba.
Más de una vez la luna envuelta en la tristeza de no poder conseguir su objetivo, se ocultaba en la noche, para no molestarla, las plateadas guardaespaldas, también hacían lo mismo. Después, cuando su ánimo mejoraba, iba saliendo con cierta timidez, riendo de algún chiste que le contaban al oído, su carácter se fortalecía nuevamente y se mostraba radiante con su cara llena de luz.
Un día, quiso el destino cruzarlos y se abrazaron en lucha.
Con el sólo fin de apagar la luz del otro dejaron al mundo en la más absoluta obscuridad.
El temor de los niños tan sensible a las tinieblas estalló en llanto, llenaron los ríos desbordando sus cauces, transformando a la tierra en un intenso diluvio.
La luna y el sol que siempre amaron a los niños, se dieron cuenta del desastre provocado por el viejo rencor, abandonaron la riña prometiendo que nunca más pelearían, resaltando los sentimientos sobre las cosas materiales y ellos tenían que dar el ejemplo.
Ahora la luna junto a su séquito de estrellas cuida a los niños de noche regalándoles sueños de plata y deja todas las puertas del cielo abiertas, para que entre su amigo el sol y los lleve a jugar hasta el cansancio.
Luego volverán felices a dormir junto a ella.


Mabel Díaz

lunes, 5 de octubre de 2009

Los anaqueles y los sueños



Se guardaba los problemas para sí misma. Era una manera de protegerse. Sentía que si los expresaba en voz alta ellos adquirirían una dimensión diferente.
Eran tantos y tan variados que resolvió clasificarlos. Lo hacía por si alguna vez decidía consultar a un terapeuta, o más bien para análisis personal, no fuera cosa de que olvidara alguno y la cadena se interrumpiese.
Fue por eso que cambió sus músculos por anaqueles. Comenzando del cuello hacia la cintura formó cinco. Uno alargado que iba desde el nacimiento del brazo derecho hasta el izquierdo atravesando el pecho, en ese espacio colocó los más angustiante, cerca de la garganta, porque allí los percibía como nudos.
Debajo dos pequeños, a ambos lados con perilla de cristal. En el izquierdo puso los referentes al amor, era allí, sobre el corazón, donde se estrujían.
Al lado, los recuerdos. Debajo los familiares, ese cajoncito era tan grande como el primero y el último. Tuvo que hacerlo así. Es que abundaban y no quería perder ninguno. Uno a uno los fue organizando, colocando también otros temas en los usuales del mobiliario de su habitación. Cuando consideró que eran suficientes quedó satisfecha
Por las noches, en la soledad de su dormitorio, abría uno por uno los cajoncitos y trataba de compenetrarse con la historia que había sacado al azar.

Hoy abrió el cajoncito donde se encuentran los recuerdos del abuelo. Hacía siglos que tenía en mente hacerlo, pero siempre había otros que tenían prioridad.
Pero esta noche dispuso las cosas para poder navegar en su pasado. Se cómodó envuelta en el camisón beige, el que usa cuando el calor agobia.
En el primer intento le costó la apertura. Estaba como trabado. Es que el tiempo y la humedad suelen hinchar la madera y esa cómoda de un solo cajón tiene muchos años. Vio nacer a su madre y a la madre de su madre.
Pero la paciencia fue siempre su aliada y haciendo balanceo de derecha a izquierda pudo al final abrirlo.
Dentro, la miraban ajadas, algunas fotos y notas escritas a pluma y tintero.
No podía precisar la fecha de los acontecimientos pero la palabra muerte aparecía repetida en los renglones de los amarillentos papeles.
Ensordecía el ruido de las balas y las trincheras estaban inundadas de agua y sangre.
La fotografía mostraban unos muchachos uniformados cargando fusiles. Se abrazaban en un estrecho apretón, como si juraran estar siempre unidos.
El mueble fue tomando una dimensión diferente, aislado de su entorno, se iba convirtiendo en unas maderas deslucidas y extrañas. Las sombras de los recuerdos que han huido se alargaban, dirigiéndose en hilera hacia un horizonte que Elena no puede precisar
Qué extraño, ella nota, que puede verse apoyada en la cómoda alta, con el cajoncito abierto desbordando imágenes pintados en magenta y azulino. Está parada, luce desvanecida, como transparente. Su camisón sólo se puede adivinar por los pliegues de la tela translucida. Se encuentra apoyando su codo sobre la base del mueble. Sólo la mano derecha, se ve corporizada, la misma que usó para clasificar los manuscritos


Desde su cama Elena podía palpar los cajoncitos. Estaba segura que en alguno de ellos había guardado el libro que conservaba desde su infancia. Hacía bastante tiempo que no lo leía y como el deseo iba en aumento sintió la necesidad de buscarlo para hundirse en el dulce placer de la lectura.
Siempre que sus ojos se deslizaban por sus renglones su vida parecía cambiar. Hoy necesitaba un cambio. Nadie más que ella sabía cuanto.
Entre un sinfín de de papeles, la edición de bolsillo apareció entre sus dedos como en un acto de magia. Creo que estaba allí, esperándola, sabiendo que le hacía falta.
Lo tomó entre las manos deleitándose por anticipado. Fue salteando desprolijamente las hojas hasta encontrar la que le hacía remontar sus recuerdos. Leyó con fruición:
“Leshten.
”Casas blancas con barandas amplias y techos de piedra, esparcidas por el valle. Laberinto de callejuelas empedradas. Típico mesón en la plaza del pueblo donde se come de maravilla las auténticas delicias búlgaras de la región
Si amas la calma aquí podrás encontrar reposo en alguna casa auténtica, lejos del ajetreo de la ciudad, y recoger vos mismo los frutos de la huerta para la comida.
Los anfitriones hospitalarios te llevarán de paseo por la montaña en caballo o a pie, a recolectar hongos y hierbas, a pescar, a cazar…”
Mientras pronunciaba las últimas palabras, el libro se fue desprendiendo de sus dedos para sobrevolar el dormitorio e internarse en el paisaje de sus sueños. En bandada, con otros ejemplares de la misma edición parecían pájaros exiliados en busca de su nido.
Elena los miraba desde una casa blanca, al ras del pasto, en la campiña, solo tiene ocho años.


La ropa impregnada de presencia se acomodaba sobre la banqueta como esperando. El amplio ropero albergaba muy pocas prendas y un centenar de cartas apiladas de a diez y rematada cada pila con un moño amarillo.
La luna del espejo devolvía un millar de cajoncitos. Decidió abrir el de la izquierda, debajo del amplio, que se encuentra empotrado en el borde de la garganta, cree que hoy hurgar en él sería lo más apropiado.
Hoy se cumple un mes de la partida de Gabriel. Elena huele en el anaquel el aroma de sus manos. Dejó olvidada la birome que lo acompañaba en las horas de insomnio, Con ella dibujaba sobre el papel las letras que en frases cripticas le había obsequiado y ella decodificándola las había guardado con celo, al abrigo de otras miradas.
Se preguntaba si otra sería igual para inspirarlo en esas noches de café y estrellas. De todos modo no lo sabría, dudaba que fuera ahora ella la destinataria de poemas y cartas
No se atrevería a conservarla. Le duele el plástico transparente y verdoso que empuñó para la despedida.
Cómo un objeto tan pequeño puede desgarrarle así el alma.
De rodillas junto al cajón, frente a la ausencia, decide de improviso el destino para la pluma y las pocas prendas que él dejó abandonadas.
En el jardín aguada un pozo no muy profundo como pretende que sea el dolor. En él enterrará los restos de su presencia en la casa.
Guardará las cartas como emblema de su historia, como flagelo de las noches que pasará en vela junto a su letra desgarbada. Elena las colocará en el cajoncito y cuando crea conveniente, cuando curen las heridas, las sacará a tomar sol junto a las margaritas, para poder desprenderse finalmente de ellas sin tener que deshojarlas.


El cajoncito desbordaba melodías. Lo más probable es que hubiera sido eso lo que la atrajo para abrirlo en esa noche donde el silencio rompía en llantos.
Al descorrerlo las pertenencias guardadas se desbordaron como caja de Pandora.
Las partituras eran de tía Alicia, se las había regalado cuando Elena apenas tenía ocho años y el piano de cola gobernaba el salón de la casa paterna y juntas hacían vibrar con sus teclas los vidrios de la sala.
Elena siempre fue de esas personas que guardan y atesoran los regalos de cumpleaños así que los papeles llevaban más de cincuenta en el cajoncito de la derecha, donde descansaban los recuerdos de familia.
Apenas abrió el anaquel, el instrumento se desplegó abarcando toda la superficie libre de la habitación. Era imposible no tentarse de tocarlo. Hacía varios años que no lo hacía pero sus dedos corrieron sobre las teclas carreras alocadas y certeras.
Una sonata de Bach se colgó del pelo de Elena y lo tiraba con tanta fuerza que hizo correr lágrimas sobre su mejilla.
Junto con el piano se descolgaron también unas fotos de la tía. En una de ellas empuñaba como trofeo un ramo de novia. Un lánguido vestido le cubría el alto del talle.
No se sorprendió cuando Alicia se sentó a ella y después de arreglarse la cola de satén del atuendo, descorrió el velo de tul y esgrimiendo esa sonrisa tan típica de ella la invitó a un dúo nocturno.
Desde la otra habitación las voces se empeñaban en acallar los acordes

Se sintió algo incómoda por lo que estaba sucediendo. Siempre, el hábito de clasificación y orden era nocturno. Nunca le había sucedido de día y menos aún fuera de su casa.
Elena se preguntó si no estaba perdiendo la cordura pero instantáneamente se retractó para sí.
“Lo que estoy registrando pertenece al campo de la realidad. Lo que estoy registrando pertenece al campo de la realidad”… Lo repitió varias veces pellizcándose la mejilla.
El cajero se encontraba del otro lado del mostrador, enfundaba su cuerpo excedido de peso con un traje oscuro y parecía pronto a morir ahorcado por la corbata.
Elena tuvo un súbito nexo con el hombre y sin que mediara diálogo alguno siguió sus órdenes. Abrió el cajoncito que se encontraba delante de ella, justo en la frente del cajero. Tiró del botón sin tener que introducir ningún código. Era visto que solo estaba dispuesto para ella.
Tomó el dinero que era justo lo que venía a retirar y se marchó sin saludar pensando en el próximo cliente que seguía en la fila



Era un ángel femenino, Elena nunca había visto a un ángel femenino. Ángeles, había visto, sí, de eso estaba segura, pero masculinos.
Bellos, regordetes o estilizados, de exquisitas y cuidadas alas. ¿Pero una flacucha tan alta y con esas plumas tan desprolijas, como si la hubiese sorprendido un huracán?
No, era la primera vez. Por eso miró a atentamente a la figura que se sentaba junto a su cama.
Tan pronto estuvo a su lado supo que eran almas gemelas, era como verse en un espejo. No por nada esotérico ni astral ni religioso, ni carnal, sino porque compartían el mismo placer de clasificar cajoncitos.
Ésto le dio tanta emoción a Elena que las lágrimas carretearon sobre sus pómulos para perderse en el sabido canal de los labios.
Estuvo tentada de preguntarle al ángel que guardaba en ellos, pero se contuvo. A ella no le gustaría que le preguntaran sobre sus pertenencias. Así que sólo observó.

Las manos delgadas y pálidas del ángel comenzaron a desplegar los anaqueles. Empezó por los pequeños que estaban incrustados en los pechos, allí conservaba fotos de niños muy pequeños.
Luego desplegó uno mediano. Aparentemente guardaba sus pastillas, de infinitos colores y tamaños. ¿Estaría enfermo el ángel?
A continuación abrió otro. Enorme. Un revoltijo de documentos, impuestos sin pagar, facturas de luz, gas y teléfono, Obra Social. Un embrollo.
Por último se detuvo en el más pequeño. Lustroso y con un botoncito de perla. Adentro se podía observar un papel escrito.
A Elena le dio tal curiosidad que estiró sus dedos como indicándole que se lo mostrara. El ángel entendió claramente y colocó el papel entre sus dedos. “el día es hoy, remítete al cajón mediano. Ya sabes el color de las que debes elegir.”
Exiliada en su propio mundo abrió y cerró por última vez los cajoncitos para perderse en el sueño.

Certamen Arauco voces del tiempo 2009 narrativa- Aimogasta 2009
I Premio cuento

sábado, 3 de octubre de 2009

DONDE... por GRACIELA ZECCA


DONDE…

Donde las aves llegan,
donde los barcos se pierden,
donde el eco de tu voz
se hace mi propio silencio.

Anclaje de susurros
atrapados en infinitos momentos,
sin horarios ni días contados,
sólo en las inmensidades ineludibles
de nuestra propia existencia.

Recóndito lugar, donde
refugiamos nuestras penas,
los ahogos, las tristezas,
el desgaste de lo cotidiano,
el devenir de sentimientos
que se escabullen en
una isla distante,
en un mar efímero,
en medio de nuestros corazones.
Graciela Zecca
(del libro Rozando el Alma)

miércoles, 30 de septiembre de 2009

ORQUÍDEAS por PATRICIA TORRES

Orquídeas

La vida en las flores y las flores sin vida, se involucraron en mi existencia.
En noviembre de 2007 estuve por voluntad propia en un sitio cuya imagen me persigue al cerrar los ojos. Era una habitación chica, con tres paredes blancas y una, la del costado izquierdo, de color maíz. Desde el muro del fondo, me seducía un bonito cuadro de marco azul petróleo. En la pintura se veía una maceta blanca apoyada sobre la parte superior de una columna de yeso.
De la maceta, ubicada hacia la derecha, pendía de su tallo, una flor. Una orquídea amarillenta con pequeñas pinceladas naranjas, abierta ya desde hacía mucho tiempo, a su lado un pimpollo se exhibía erguido, insolente en su inexperta juventud.
La primera, mostraba su cansancio. Había pasado su esplendor. A pesar de ello, conservaba la belleza de los últimos tiempos. Inspiraba ternura e impotencia.
Nada ni nadie podrían evitar el final, ese desenlace tan previsible como indeseado. Ni siquiera el artista que dejó esta estampa inmóvil, podría frenar el episodio que se repetía en la mente de cada observador.
Enfrentando a esa pared, otro cuadro, que ni siquiera recuerdo con exactitud ya que su arte se veía empobrecido comparado con el de la planta.
Dos camas de una plaza, con sábanas blancas y acolchados, dos mesitas de luz, sillas casi cómodas con tapizado maíz y bajo el hermoso cuadro de la maceta, también en la pared del fondo y amuradas sobre ella, dos lámparas doradas, dos llamadores, dos tubos de oxígeno, dos soportes de suero. Ocupando las camas, dos mujeres padeciendo.
En una de ellas no repararé, ya que tenía la juventud de la insipiente orquídea, y se la veía plena como a ese capullo. En cambio, la otra, Pepa, se estaba quedando sin fuerzas. Sus noventa y cinco años se evidenciaban en cada rincón de ese desgastado cuerpo de estructura ósea importante, con cabellos blancos tirados hacia atrás, de ojos siempre cerrados, con la boca semiabierta, preparada para respirar su última bocanada de aire. Un desconsiderado Alzheimer la acosaba desde tres años atrás, haciendo menos conciente su penosa existencia.
Pinchazos, medicamentos, sangre y alimento en bolsitas. Gritos y más gritos de dolor al mover el cuerpo para airear esa dolorida espalda.
-¡¡Dios!! ¡Si mis ojos insensibles entendieran tu mirada piadosa!- Pienso en voz alta, en forma involuntaria.
Pepa grita como puede, se queja, su dolor es tan marcado que duele a quien la mira o a quien la escucha. Sonia, sin embargo, se moja las manos en agua bendita y se las pasa por el cuerpo rogando por una mejoría. No quiere que se vaya e intenta retenerla. Le frota los pies hinchados sin ver el gesto de sufrimiento que ese rostro expresa. Los finos y envejecidos labios se mueven sin control, queriendo bramar, pero sin respuesta en la voz.
La sucesión de los días venideros fue idéntica, se repitieron los gemidos, el dolor, la súplica.
- Pepa, Pepita, Pepona -le dice Sonia que la cuida con amor.
-¡Piedad! ¡Dios! ¡Piedad!- vocifera Pepa.
Los recuerdos después de esa exclamación desgarradora, escalofriante, se tornan confusos. En mi mente se reproduce en secuencias la misma imagen que pude ver al levantar la mirada. La vieja orquídea dibujada cayendo hasta apoyarse feliz sobre la parte superior de la columna de yeso. En ese mismo instante, la flor joven, comenzaba a perder su condición erguida.
La confusión, el dolor y el cansancio manejaron al entendimiento.
Al recuperar la cordura y mirar el cuadro, vi las dos flores desprendidas del tallo, descansando una junto a la otra.
Me invadió una enorme angustia.

Patricia Torres
(Publicado en el libro de los talleres de editorial Dunken)

lunes, 28 de septiembre de 2009

ESPERANZA por MABEL EVA DÍAZ

Tenía tanta esperanza,
que me puse a pintar todo de verde.
Verde la cama, verdes las paredes,
verdes las calles, el horizonte verde.

Tanto verde se metió en mis entrañas,
que me transformé en árbol.
Eché raíces y mis brazos se extendieron,
formando ramas, para tocar el cielo.

Me subí a lo más alto
de mi frondosa copa,
para contarle al mundo
de mi felíz esperanza.

Luego lloré savia , cuando me cortaron.
Se achicaron las hojas cuando me quemaron.
Aún así de rodillas, con mi tronco caido
seguí exhalando verde.

Todavía me quedaba
tanta esperanza para pintar.

Mabel Eva Díaz
(Del Libro de los Talleres IV
Editorial Dunken)

SER por LILIANA SAVOIA



SER

Y quiso ser.
Ser hoja de otoño
que el viento remonta y agrieta
Ser nube grisácea que viaja
entre lunas , dejando huellas.
Ser agua de vertiente
clara,
pura,
fresca.
Vida para un sediento
Humedad para la tierra
Ser noche
de profunda luna clara
que inspire a algún poeta.
Andar con las manos vacías
pronta a recoger arena
y escurrirla entre los dedos
entre el ir y venir de la marea.
Ser pájaro que emigra
buscando tibias praderas.
Y fue ciclo.
Y verbo.
Aliento quebrado.
Cuerpo líquido.
Silencio.
Entrega.

Liliana Savoia
(del Libro "Rozando el Alma)

domingo, 27 de septiembre de 2009

EL GRITO DEL MAR por GRACIELA ZECCA



EL GRITO DEL MAR
                                 “Yo busco un amigo en los caminos del agua”
    
I                                                 Eduardo Galeano

Se aferro a la única madera que estaba a pocos centímetros de sus manos. Sus brazos cansados no le permitían dar otra brazada más. La sal le quemaba en los labios, el agua congelaba su cuerpo y su estómago lo sentía como a un globo de aire a punto de estallar.
Cuanto tiempo estuvo tratando de mantenerse a flote nunca lo supo. Porque la espesura de la niebla y la oscuridad solo eran un telón de terciopelo negro presentado ante sus ojos.
Sentía solo agua, olía solo sal, no percibía más que el sonido del devenir de las olas, que lo bamboleaban como un columpio y él inmóvil asido a la tabla.
El mar enfurecido trataba de tragárselo como a una presa más de su alimento diario.
Segundos, minutos, horas… incansable la lucha.
¿Dejarse vencer o no?
Luchar, luchar… esas palabras martillaban en su cabeza.
Su mente ordenaba, pero el cuerpo ya no respondía.
Aún aferrado a la madera, casi amalgamados, siendo uno solo. Rezo en voz alta, sus palabras se hicieron eco en la noche.
Casi adormilado, cuando oyó la respuesta inmediata, un tremendo sacudón lo levantó por sobre el agua y se sintió arrastrar.
La espesura nunca dejo verle hacia donde.

II

Como un eco en la noche, el mar suelta su grito, rompiendo salientes, llevándose vestigios de otros tiempos.
Sus pasos cansados llegaban a la orilla, después de haber luchado contra ese mismo mar que lo arrojo a la playa devolviéndole la vida.
Fue un intercambio quizás... quizás su destino, dar a cambio algo por dejarlo vivo.
Miro la lejanía, pero sus ojos ardiendo de la sal que llevaban consigo,
no lo dejo ver claro, ni distinguir agua y horizonte,  o localizar un alma perdida.
Se arrodillo en la arena, se tomó la cabeza con las manos y lloró desconsolado, hasta que sus pulmones soltaran el aire y el mismo grito ahogado parecido al del mar que lo vomito en la orilla.


 Graciela Zecca
(del Libro de los Talleres de Edit. Dunken Nro: 3-año 2008)

FRASE DEL DIA


SI ALGUNA VEZ SUCEDE QUE TE  REBAJAS A TI MISMO POR QUERER COMPLACER A OTRA PERSONA, CIERTAMENTE HAS PERDIDO TU PLAN DE VIDA                                                                  EPICTETO

viernes, 25 de septiembre de 2009

Ganadoras del VII Certamen literario Nacional "Leopoldo Lugones" (Necochea).

Mabel Eva Díaz: "RECURSOS DE LA MENTE" 1º premio en cuento categoría A

Liliana M. Savoia: "CACERÍA" 2º Mención en cuento breve categoría D.
"PÁJAROS DE MÁRMOL" 3ª Mención en poesía categoría A.

Felicitamos a nuestras compañeras por tan merecidos premios.

DERROTA por PATRICIA TORRES

Derrota

El duende del desierto se sentía muy acompañado. Los habitantes nocturnos perturbaban su sueño logrando que sus presencias fueran molestas, perceptibles.
Al solitario duende le fastidiaba el reptar de las víboras y los lagartos, el deambular histérico de los insectos, los movimientos de las minúsculas patas de los roedores. Por sobre todas las cosas, no toleraba la presencia del sol y de la luna que hacían de su soledad un sitio demasiado concurrido. Por lo tanto, caminó incansablemente para despojarse de todas esas irritantes compañías que aturdían su creciente necesidad de orfandad.
Deambuló hasta encontrar una pequeña casa donde aislarse. Todos los objetos allí existentes también invadían su silencio. Los platos crujían, la pava lo miraba asombrada, las tazas se reían insensatas provocándole un disgusto descontrolado.
Creyéndose dueño de todo, se despojó de los utensilios, ubicándolos fuera de la casa, a modo de frontera, para que nadie osara llegar a él.
El cristal de la tapera se convirtió en su enemigo mostrándole la imagen exterior llena de luz, de sombras, de escasa lluvia o viento empecinado.
El duende del desierto dejó de respirar porque percibía, agobiado, el ruido que su inhalar y exhalar producían. Se sintió morir pero no le importó. Nunca logró estar solo ya que el latido de su corazón lo acompañó hasta el último instante y los pensamientos, le rondaron, macabros, escoltando en su derrota.

(Publicado en el libro de los talleres de Editorial Dunken)

PENUMBRAS DEL ALBA por MABEL EVA DÍAZ


Penumbras del alba

Penumbras del alba,
fantasmas chocadores,
agua que corre y nadie la detiene,
fragancia de menta.

Percheros atiborrados de ropa
que no encuentran dueños.
Mangas rebeldes
que se anudan al derecho y al revés.

Risas que suenan ahogadas,
corren las manos para acallarlas.
De pronto la prisa escapa,
estalla en una nube
de cristales rotos.

Al fin se decide el agua
a sacar las arrugas
que sembró la noche.

jueves, 24 de septiembre de 2009

COPOS DE NIEVE por GRACIELA ZECCA




El frío era intenso. La nieve lo cubría todo. Ya nos habíamos acostumbrado a ese paisaje invernal perenne, pero lo que nos sobresaltaba eran los fuertes sacudones que antecedían a una intensa nevada.
Corríamos de un lado al otro en la pequeña cabaña de madera. Sosteniendo los muebles, los utensilios, todo lo que estuviera a nuestro alcance en ese preciso momento.
Cada uno de los que habitábamos la casa teníamos asignadas las tareas a realizar durante el temblor en que todo se daba vueltas.
Al principio nos tomó desprevenidos, con el tiempo fuimos intuyendo cuando se aproximaría ese momento en que la tranquilidad ya no reinaría en el hogar.
A veces eran esporádicos, otros entre dos o cuatro seguidos que nos dejaban mal parados y con fuertes dolores en todo el cuerpo por los golpes ocasionados contra las paredes y muebles.
Pero lo peor era durante el almuerzo o la cena en la cual los líquidos servidos quedaban derramados en toda la habitación y la comida estampada contra el techo.
Y volver una y otra vez a limpiarlo todo.
Aprendimos también a resignarnos. Ahí nos sentíamos protegidos, amparados, como viviendo en un mágico mundo dentro de la esfera de cristal. Después de todo, la vida no era tan aburrida.
A los niños les gusta ver caer los copos de nieve y a nosotros acomodar la casa cada vez que hacen girar la bola.

FURIA por MABEL DÍAZ



La tormenta no espera
desata su furia
el viento grita con odio
algo que nunca
debió escucharse.

Luego intentará la lluvia
con denodado esfuerzo
sacarle el barro
a los recuerdos.

Si pudiera pintar el sol
en la densidad de las tinieblas
para no sentir el agobio
de ésta triste existencia.

Que bañe con su tibieza
algún rincón olvidado
y poder investirme
con la vida de otro pasado.

                                                                   Mabel Díaz

miércoles, 23 de septiembre de 2009

ROCE CLANDESTINO por Patricia Torres



Roce clandestino

La lujuria y el deseo no son las únicas que provocan una atracción irresistible, irracional. Quienes tienen la mayor responsabilidad de esos hechos que algunos pueden considerar delictivos, son las bocas.
Esas dos bocas que se provocan en una forma enloquecida, que se atraen y se esquivan para no caer en el terrible pecado de un encuentro furtivo.
Con la colaboración de la mirada que no desiste en posarse sobre el objeto causante de tal desenfreno, dirigiéndose con insistencia de los ojos a los labios, de los labios a los ojos.
Palabras vacías, sin un sentido valedero emanan heroicas para ocupar espacios, los espacios que deberían llenarse de besos.
Se producen encuentros torturantes para esos labios que inventan un rechazo y en cada uno de ellos la lucha se repite. Se apartan escurridizos como si el aliento tibio y húmedo los repeliera o escandalizara en lugar de atraerlos, escapando así al desafío provocado por ese cruce clandestino.
Nada ni nadie podrá detener esta reacción que ya se ha desencadenado, tan sólo podrán demorarla.
Las batallas libradas no poseen ningún sentido. Desgastaron a los cuerpos, que cansados, vencidos, agotados por la resistencia inútil mantenida para evitar la caída al vacío producida por ese, hasta el momento imaginario, roce carnoso, se quedan dormidos. Las bocas con pícaras y cómplices sonrisas aprovechan el descuido, se acercan, se respiran, se tocan con timidez, se humedecen, se acarician, se juegan, se aprietan, se muerden, se duelen, se gozan, hasta hacer despertar a los cuerpos, que esta vez no pueden escaparse ni ser ajenos, al magnetismo hechicero provocado por el delirio desatinado que produce un beso.

Patricia Torres
(del libro: Rozando el alma)

martes, 22 de septiembre de 2009

EL TIEMPO por GRACIELA ZECCA


EL TIEMPO
La arena se desliza presurosa,
a llegar a su meta transitoria,
quizás, una mano guardiana del tiempo
revierta su final,
para volver a retomar el camino.

Una y otra vez minúsculas partículas
viajan incansables a través del fino cristal.
Una y otra vez se suceden
como hormigas laboriosas buscando su guarida,
acumulando

Y así como se desgrana el polvo
en la inmensidad del vacío,
los segundos, los minutos, las horas,
marcan la culminación del día,
arremetiendo la noche,
cual espina en la piel,
pariendo soledades.
Una y otra vez lo cansino,
girando como ruleta de feria,
desteñida, sombría…

Soledades que no se menguan,
y sucumben ante fluidos de otros cuerpos,
alientos y suspiros que llenan el aire,
pieles fundiéndose,
bocas devorándose.
Y el tiempo, ahí detenido,
…solo siete minutos,
en que la arena,
se durmió en el camino.

Graciela Zecca
(del libro: Rozando el Alma)

DULCE SABOR por LILIANA SAVOIA


Dulce sabor

Solo con caricias
Sin prisa
Sin pausa
Un contorno de deseo
Un puente de seda
Me hunde en tu garganta
Dulce sabor el momento
Amalgama sutil
Conjuro de boca estallada
Fruta anhelada, rabiosa
Festín de mis labios
Que en la sombra callan
Serpiente tu cuerpo en la penumbra
Nácar tu piel
Entre las sabanas
Tu cuerpo rozando el mío
Corremos por la noche
Cabalgando al viento
Locura ancestral que entre los dos se entabla
Nos exploramos como arcilla fresca
Amasándonos
Vasijas de vino y sangre
Conjunción extraña
Y gloriosos nos amamos
Solo con caricias
Sin prisa
Sin pausa
Liliana M. Savoia
(del Libro: Rozando el alma)